11 marzo 2008

VÍNCULOS…NO MÁS

“Cuando uno tiene amigos, se crea entre ellos una relación de amistad que genera sentimientos de afecto, aprecio y amor”.

Siempre he tenido la idea, que cuando uno conoce a alguien y se hacen amigos, esa persona espera algo de ti, debido al lazo invisible que los une. Ese algo es una cosa abstracta, como el interés por saber cómo estás, la preocupación de saber qué te sucede y los problemas que tienes o simplemente la necesidad de saber dónde estás. Extrañamente eso no ocurre conmigo.

Muchas veces me he preguntado por qué y también lo he tratado de averiguar y cuando pienso en ello, retumba en mi oído las palabras de aquella mujer que me dijo: Tú no quieres a nadie. He tratado de buscar las causas de por qué soy así, será la falta de cariño en mi infancia, la ausencia de mis padres, o tal vez la personalidad que me define.

Sin duda alguna la amistad da, pero también espera recibir. Siento ser como soy, lo siento amigos. Siento pereza para preocuparme por los demás. Ingrato, dura palabra pero a veces necesaria para decirla. En fin, los vínculos no son parte de mí, tampoco espero recibir nada, pues soy consciente que no aporto nada. No más vínculos por favor.



Lágrimas inconclusas,
difíciles de brotar.
Pecho sin esperanzas
sin poder amar.

Tu amada ayer murió,
no volverá más.
Tu corazón rugió,
sin echar lágrimas.

04 marzo 2008

NOCHES DE LIBIDO

Crucé la pista y me encontré en la puerta del instituto, donde pasaría las noches más agradables de ese verano.

Entré temeroso y lo primero que vi, fue una señorita bien vestida, con el logotipo del instituto en el pecho, ya no recuerdo su nombre, pero eso no tiene importancia. Me acerqué a ella y le dije: ‘Buenas tardes, soy el estudiante del curso de computación, ¿dónde es el salón?’ Ella levantó su rostro, pues estaba leyendo un folleto de no sé qué. Me miró y dijo: ‘Sí, habla con esa señorita’ y luego siguió leyendo. Su actitud me pareció de aquellas muchachitas sobradas y con aires de grandeza, pero con un gran vacío en la cabeza. Eso lo descubriría luego.

La señorita a la que se refería, era más atenta, tenía alrededor de 30 años y pesaba más de 80 kilos, tenía una sonrisa encantadora y era muy alegre. Ella, luego de preguntarme mi nombre, me entregó un carné y me mostró el salón de clases. ¿Su nombre? Tampoco lo recuerdo. (Es que no soy bueno para recordar nombres).

Entré al salón y vi algunos estudiantes, pero al profesor no. Tenía la edad suficiente para sentirme intimidado ante cualquier pregunta, así que empecé a imaginar cómo sería el profesor. Mientras eso el salón se fue llenando y luego llegó al profesor. Un tipo de 35 años, con una voz fuerte y un acento medio español (joder). Tenía la frente con entradas pronunciadas igual a la de mi papá, vestía siempre camisa, pantalón y su obligada corbata.

Los personajes que encontré en mi salón, eran una mezcla de edades, desde niños de 9 años, hasta señoras que pasaban los 40. Eran peculiares, en particular un gordito, muy alegre, le gustaba bromear a los demás y hablaba rápido, apenas entendía lo que decía. Pero era un trome cuando el profesor dejaba algún ejercicio, porque era uno los primeros en acabar, así parecía inútil que tomara clases (esa era una de las rarezas que no lograba entender, por qué una persona que sabía muy bien computación, estudiaba computación. Para ufanarse?)

También había una chica, muy guapa, coqueta, de cabellos largos y ondulados. Le gustaba sentarse siempre al fondo y aprovechaba para conversar con el profesor (con la excusa de preguntar una duda) en el entretiempo o cuando el profesor dejaba alguna práctica. Siempre sospeché que era más que una chica estudiante. Pero en fin, no era mi problema. Así pues, comencé el primer día de clases, con rarezas y excentricidades que luego se convirtieron en algo cotidiano.

A lo largo del curso, cambié de profesores muchas veces, cada uno más raro que el otro y descubrí que el mundo de la computación era como echar mermelada al pan, pero no fue sencillo cuando lo inicié. Así, era mi obligación ir a las benditas clases los sábados, empezaba a las 2 pm. Allí fue cuando descubrí que sería pésimo en puntualidad, pues casi siempre, por no decir siempre, llegaba tarde a las clases; y tenía que soportar la mirada de incomodidad del profesor.

Los sábados pasaban y fui aprendiendo cada vez más. Me gustaba el lugar, pequeño, acogedor, confortable pero con un ruido fastidioso de los carros que transitaban en la avenida. Llegaba la noche y a veces me ponía a jugar en las computadoras con Internet, que en ese tiempo costaba 2 soles la hora, pero allí sólo costaba una ‘china’ la hora, así que aprovechaba en jugar, chatear, mandar mensajes o escuchar música.

Extraño cuando salía del instituto, ese olor a calle, las noches iluminadas por montones de letreros, la brisa de la noche de verano, a los amigos, al señor del quiosco, al paradero donde esperábamos el autobús, a los papas que recogían a sus hijos pequeños, a las riñas y bromas entre los profesores, a las veces que me quedaba dormido en el carro de camino a casa, a los golpes que me daba contra el asiento de delante cuando el autobús frenaba (no, eso no extraño) y a esa vida libre sin preocupaciones.

El último día llegó y mis notas no fueron muy altas, pero iban conmigo. Estaba conforme. Al día siguiente recogí mis ‘cartones’ de ‘Técnico en Computación’ y dizque ‘Diseñador Gráfico’. Salí por la puerta de atrás y cuando me iba vi a la señorita ‘bien vestida’ besándose con el chico de limpieza que finalmente había logrado su propósito. Así termino mis clases, sin una despedida, sin lágrimas pero con una enorme nostalgia de ya no volver a regresar, así estaba indeciso si tomar o no el ómnibus, y finalmente me ganó el frío y retorne a casa.